lunes, 9 de mayo de 2011

El Libro de Arena- Jorge Luis Borges ♥

La línea consta de un número infinito de puntos; el plano, de un número infinito de líneas; el volumen, de un número infinito de planos; el hipervolumen, de un número infinito de volúmenes... No, decididamente no es éste, more geométrico, el mejor modo de iniciar mi relato. Afirmar que es verídico es ahora una convención de todo relato fantástico; el mío, sin embargo, es verídico.
Yo vivo solo, en un cuarto piso de la calle Belgrano. Hará unos meses, al atardecer, oí un golpe en la puerta. Abrí y entró un desconocido. Era un hombre alto, de rasgos desdibujados. Acaso mi miopía los vio así. Todo su aspecto era de pobreza decente. Estaba de gris y traía una valija gris en la mano. En seguida sentí que era extranjero. Al principio lo creí viejo; luego advertí que me había engañado su escaso pelo rubio, casi blanco, a la manera escandinava. En el curso de nuestra conversación, que no duraría una hora, supe que procedía de las Orcadas.
Le señalé una silla. El hombre tardó un rato en hablar. Exhalaba melancolía, como yo ahora.
-Vendo biblias -me dijo.
No sin pedantería le contesté:
-En esta casa hay algunas biblias inglesas, incluso la primera, la de John Wiclif. Tengo asimismo la de Cipriano de Valera, la de Lutero, que literariamente es la peor, y un ejemplar latino de la Vulgata. Como usted ve, no son precisamente biblias lo que me falta.
Al cabo de un silencio me contestó:
-No sólo vendo biblias. Puedo mostrarle un libro sagrado que tal vez le interese. Lo adquirí en los confines de Bikanir.
Abrió la valija y lo dejó sobre la mesa. Era un volumen en octavo, encuadernado en tela. Sin duda había pasado por muchas manos. Lo examiné; su inusitado peso me sorprendió. En el lomo decía Holy Writ y abajo Bombay.
-Será del siglo diecinueve -observé.
-No sé. No lo he sabido nunca -fue la respuesta.
Lo abrí al azar. Los caracteres me eran extraños. Las páginas, que me parecieron gastadas y de pobre tipografía, estaban impresas a dos columnas a la manera de una biblia. El texto era apretado y estaba ordenado en versículos. En el ángulo superior de las páginas había cifras arábigas. Me llamó la atención que la página par llevara el número (digamos) 40.514 y la impar, la siguiente, 999. La volví; el dorso estaba numerado con ocho cifras. Llevaba una pequeña ilustración, como es de uso en los diccionarios: un ancla dibujada a la pluma, como por la torpe mano de un niño.
Fue entonces que el desconocido me dijo:
-Mírela bien. Ya no la verá nunca más.
Había una amenaza en la afirmación, pero no en la voz.
Me fijé en el lugar y cerré el volumen. Inmediatamente lo abrí.
En vano busqué la figura del ancla, hoja tras hoja. Para ocultar mi desconcierto, le dije:
-Se trata de una versión de la Escritura en alguna lengua indostánica, ¿no es verdad?
-No -me replicó.
Luego bajó la voz como para confiarme un secreto:
-Lo adquirí en un pueblo de la llanura, a cambio de unas rupias y de la Biblia. Su poseedor no sabía leer. Sospecho que en el Libro de los Libros vio un amuleto. Era de la casta más baja; la gente no podía pisar su sombra, sin contaminación. Me dijo que su libro se llamaba el Libro de Arena, porque ni el libro ni la arena tienen principio ni fin.
Me pidió que buscara la primera hoja.
Apoyé la mano izquierda sobre la portada y abrí con el dedo pulgar casi pegado al índice. Todo fue inútil: siempre se interponían varias hojas entre la portada y la mano. Era como si brotaran del libro.
-Ahora busque el final.
También fracasé; apenas logré balbucear con una voz que no era la mía:
-Esto no puede ser.
Siempre en voz baja el vendedor de biblias me dijo:
-No puede ser, pero es. El número de páginas de este libro es exactamente infinito. Ninguna es la primera; ninguna, la última. No sé por qué están numeradas de ese modo arbitrario. Acaso para dar a entender que los términos de una serie infinita aceptan cualquier número.
Después, como si pensara en voz alta:
-Si el espacio es infinito estamos en cualquier punto del espacio. Si el tiempo es infinito estamos en cualquier punto del tiempo.
Sus consideraciones me irritaron. Le pregunté:
-¿Usted es religioso, sin duda?
-Sí, soy presbiteriano. Mi conciencia está clara. Estoy seguro de no haber estafado al nativo cuando le di la Palabra del Señor a trueque de su libro diabólico.
Le aseguré que nada tenía que reprocharse, y le pregunté si estaba de paso por estas tierras. Me respondió que dentro de unos días pensaba regresar a su patria. Fue entonces cuando supe que era escocés, de las islas Orcadas. Le dije que a Escocia yo la quería personalmente por el amor de Stevenson y de Hume.
-Y de Robbie Burns -corrigió.
Mientras hablábamos, yo seguía explorando el libro infinito. Con falsa indiferencia le pregunté:
-¿Usted se propone ofrecer este curioso espécimen al Museo Británico?
-No. Se le ofrezco a usted -me replicó, y fijó una suma elevada.
Le respondí, con toda verdad, que esa suma era inaccesible para mí y me quedé pensando. Al cabo de unos pocos minutos había urdido mi plan.
-Le propongo un canje -le dije-. Usted obtuvo este volumen por unas rupias y por la Escritura Sagrada; yo le ofrezco el monto de mi jubilación, que acabo de cobrar, y la Biblia de Wiclif en letra gótica. La heredé de mis padres.
-A black letter Wiclif! -murmuró.
Fui a mi dormitorio y le traje el dinero y el libro. Volvió las hojas y estudió la carátula con fervor de bibliófilo.
-Trato hecho -me dijo.
Me asombró que no regateara. Sólo después comprendería que había entrado en mi casa con la decisión de vender el libro. No contó los billetes, y los guardó.
Hablamos de la India, de las Orcadas y de los jarls noruegos que las rigieron. Era de noche cuando el hombre se fue. No he vuelto a verlo ni sé su nombre.
Pensé guardar el Libro de Arena en el hueco que había dejado el Wiclif, pero opté al fin por esconderlo detrás de unos volúmenes descalabrados de Las mil y una noches.
Me acosté y no dormí. A las tres o cuatro de la mañana prendí la luz. Busqué el libro imposible, y volví las hojas. En una de ellas vi grabada una máscara. En ángulo llevaba una cifra, ya no sé cuál, elevada a la novena potencia.
No mostré a nadie mi tesoro. A la dicha de poseerlo se agregó el temor de que lo robaran, y después el recelo de que no fuera verdaderamente infinito. Esas dos inquietudes agravaron mi ya vieja misantropía.
Me quedaban unos amigos; dejé de verlos. Prisionero del Libro, casi no me asomaba a la calle. Examiné con una lupa el gastado lomo y las tapas, y rechacé la posibilidad de algún artificio. Comprobé que las pequeñas ilustraciones distaban dos mil páginas una de otra. Las fui anotando en una libreta alfabética, que no tardé en llenar. Nunca se repitieron. De noche, en los escasos intervalos que me concedía el insomnio, soñaba con el libro.
Declinaba el verano, y comprendí que el libro era monstruoso. De nada me sirvió considerar que no menos monstruoso era yo, que lo percibía con ojos y lo palpaba con diez dedos con uñas. Sentí que era un objeto de pesadilla, una cosa obscena que infamaba y corrompía la realidad.
Pensé en el fuego, pero temí que la combustión de un libro infinito fuera parejamente infinita y sofocara de humo al planeta.
Recordé haber leído que el mejor lugar para ocultar una hoja es un bosque. Antes de jubilarme trabajaba en la Biblioteca Nacional, que guarda novecientos mil libros; sé que a mano derecha del vestíbulo una escalera curva se hunde en el sótano, donde están los periódicos y los mapas. Aproveché un descuido de los empleados para perder el Libro de Arena en uno de los húmedos anaqueles. Traté de no fijarme a qué altura ni a qué distancia de la puerta.
Siento un poco de alivio, pero no quiero ni pasar por la calle México.

domingo, 8 de mayo de 2011

Un pequeño ensayito sobre unos poemas de Borges.

¿No les parece gracioso? lo unico de lo que estamos seguros en el momento en el que nacemos, es que algun dia tendremos que morir. Esto es una triste, graciosa pero inevvitable realidad, y para empeorar las cosas tenemos que lidiar con el problema del olvido, del odioso olvido, que al igual que la muerte parece ser inevitable. Esto es algo que Borges nos muestra en sus poemas.

En uno de sus poemas nuestro escritor explica que, apesar de que en cierto modo al convertirse en una persona reconocida, logra garantizar que cierta parte de sus ser sea reconocido por la humanidad por medio de sus obras, pero su parte humana (por darle algun nombre) es vilmente ignorada, porque simplemente no es de interes.

Entonces para el colmo aparece un nuevo problema en escena ¿existe en realidad un (ser) Dios que controla y elige nuestros destinos? y mas complicado e increible ¿habra una clase de Dios de Dioses que conrole las acciones del dios que nos maneja a nosotros? esto es una cadena que no tiene fin.

Esto solo es uno de los problemas existenciales que tenemos nosotros los humanos. ¿ No les parece gracioso? al parecer somos los ¿únicos seres vivos del universo que nos hacemos ese tipo de preguntas que claramente nos complican nuestra existencia.

Me encantaria quedarme con el credito, pero este increible "pequeño ensayito" no lo escribi yo, la autora es Laura Restrepo.

Gracias por dejarlo poner en mi Blog ;)

miércoles, 27 de abril de 2011

Digital Love ♥ Daft Punk.

Last night i had a dream about you
in this dream i'm dancing right beside you
and it looked like evryone was having fun
the kind of feeling i've waited so long
don't stop, come a little closer
as we dance, the reason get's stronger
there's nothing wrong with having a little fun
we were dancing all night long
the time is right to put my arms around you
you're feeling right; you put your arms around too
suddenly, i feel the shining sun
before i know, the dream is all gone
ooh, i don't know what to do
about this dream and you
i wish these dream comes true
ooh, i don't know what to do
about these dreams and you
we'll make these dreams come true
Why don't you play the game?
why don't you play the game?

lunes, 18 de abril de 2011

Andy Warhol Todo un artista.

Andy Warhol fue dibujante, pintor, grafista, cineasta, fotógrafo, productor musical y empresario. En 1945 inicio sus estudios de arte en el Instituto Carnegie de Tecnología, que ahora es conocido como Cernegie Mellon University, donde tomo clases de diseño pictórico. Al año siguiente Warhol entra a la Escuela de Bellas Artes en Pittsburg donde participa en una exposición y estudia diseño publicitario. 

En 1948 Warhol en sus vacaciones de verano empleó un trabajo el cual era escaparatista en un almacén, donde por primera vez entra en contacto, con lo que sería su ambiente específico: el mundo del consumo la publicidad. Ese mismo año presenta una exposición de artistas asociados en Pittsburgh donde exhibe su pintura “La mujer me dio la cara” la cual fue rechazada por el jurado, por esa razón crea una pintura alternativa de la misma. En seguida en 1949 se traslada a Nueva York, donde logra desarrollar una exitosa carrera como ilustrador, comenzado a marcar huella, aplicando sobre fotografías trazos gruesos de tinta; los cuales en 1955 le ganaron renombre como pintor y aceptación masiva en Nueva York. También logra trabajar con los directivos de la compañía discográfica RCA diseñando la portada de numerosos discos, tiempo después comenzó una carrera como ilustrador tanto de revistas Vogue, Harper’s Bazaar, Seventeen, The New Yoker, como de publicidad.


Su primer empleo fue para la revista Glamour, Andy ilustra un articulo llamado “What is success”, al mismo tiempo pintando lienzos cuyo tema se basaba en algún elemento o imagen del entorno cotidiano, en los cuales practicaba el POP ART, que es un conjunto progresivo de imágenes y representaciones surgidas en los nuevos perímetros de la publicidad, la televisión, el cine y los comics. El concepto de lo popular era algo revolucionario y romántico que se usaba para enlazar directamente con la cultura  y la sociedad del momento, el pop art construye un lenguaje artístico nuevo fundamentado en técnicas ligadas para elevar esas imágenes a la categoría de arte. Pero a estas imágenes las inspira la sociedad del consumo. 






Wasaaaaabiiii XD

Wazzzzzuuuuuuuuuup!


sábado, 16 de abril de 2011

Vals con Bashir!

Una noche en un bar, un viejo amigo le dice al director Ari que tiene una pesadilla recurrente en la que le persiguen 26 perros.
Cada noche, el mismo número de animales.
Los dos hombres llegan a la conclusión de que tiene que ver con una misión que realizaron para el ejército israelí durante la primera guerra con el Líbano a principios de los años ochenta.
Ari se sorprende al darse cuenta de que no recuerda nada de ese periodo de su vida.
Intrigado, decide ver y hablar con viejos amigos y antiguos compañeros dispersados por el mundo entero. Necesita saber la verdad acerca de ese periodo y de sí mismo.
Ari escarba cada vez más y sus recuerdos empiezan a reaparecer mediante imágenes surrealistas…